
“Puesto que el mundo no está nunca dado para nosotros enteramente,
tenemos que formular hipótesis en alguna medida. (…); y concebir
el mundo no es más que formular hipótesis acerca de él.”
Mario Bunge
tenemos que formular hipótesis en alguna medida. (…); y concebir
el mundo no es más que formular hipótesis acerca de él.”
Mario Bunge
Desde épocas inmemorables el universo ha cautivado a los hombres. Siempre el universo ha sido motivo de curiosidad para los hombres desde que levantaron su mirada hacia la bóveda azul. Sin embargo, esta curiosidad en sus inicios no ha estado ligada a la indagación estrictamente científica. Más bien estuvo ligada a la astrología y otras pseudocienicas, con la finalidad práctica de que a través de sus predicciones, obtener beneficios en las cosechas, batallas y en el destino de los primeros imperios o estados.
Estas observaciones astrológicas fueron la base para las primeras observaciones astronómicas. En la época antigua los caldeo-babilonios y egipcios con sus observaciones astrológicas sentaron las bases para la astronomía. Las observaciones astrológicas de caldeo-babilonios y egipcios tuvieron como finalidad predecir acontecimientos para salvaguardar a sus imperios o estados. Sin embargo, como desarrollaron los primeros pasos de la ciencia matemática sus observaciones contribuyeron indirectamente a la astronomía. Es decir, fue un primer bosquejo limitado y mítico del universo.
De esta manera, cuando Thales de Mileto hace sus primeras observaciones astronómicas, lo hace asimilando, depurando y teniendo como base los avances en la ciencia matemática y las observaciones astrológicas de egipcios y caldeo-babilonios. Thales de Mileto llevo estos avances y observaciones al mundo griego y después de realizar sus primeras observaciones es que nace la astronomía. En Grecia es donde la astronomía comienza ha desarrollarse, con la precisión de la matemática y la reflexión rigurosa de la filosofía para interpretar las primeras observaciones y así se logran los primeros datos aproximados de los objetos y fenómenos estelares y, principalmente, las primeras concepciones del universo. Algunas muchísimo adelantadas para la época antigua.
Los filósofos y científicos griegos realizaron muchas observaciones adelantadas para su época, que sirvieron de base para el desarrollo científico de la astronomía. Así Pitágoras, teniendo como base los aportes de Thales de Mileto, llega a concluir a través de sus observaciones que la Tierra es una esfera perfecta. O aquel significativo aporte de Arquitas de Tarento respecto a la dimensión del universo. A este filósofo griego le preguntaron:
“-¿es el universo finito o infinito?
-supón que es finito, que tiene límite-respondió-. Entonces podrías caminar hasta el borde del universo con la espada en la mano. Si te detuvieras en el borde y la lanzaras hacia delante tanto como pudieras ¿qué sucedería?
No hay nada en el vacío que pueda desviar la espada, así que avanzaría hasta caer. Pero el lugar en que cayese estaría más allá del punto en el que dices que está el límite. Podrías andar hasta ese punto más allá y arrojar la espada de nuevo, caminando después hasta el nuevo punto en que cayera a tierra. No importa donde digas que está el borde, siempre hay un lugar más allá al que podrías arrojar la espada. Con cada lanzamiento tu universo se hace más grande. Concluimos, pues, que el universo ni puede tener un borde y debe ser, por tanto infinito.”[1]
Sin duda es un avance muy significativo para la época. Así Arquitas de Tarento demuestra lógicamente que nuestro universo es infinito e inmenso. Esto trae como consecuencia una importante interrogante: ¿cuál es el centro del universo? Para responder esta pregunta aparecen las primeras teorías geocéntricas. Aristóteles mejora el sistema geocéntrico propuesto por Eudoxio y modificado por su discípulo Calipo. Aristóteles como síntesis de las anteriores teorías geocéntricas plantea su particular sistema geocéntrico, llamado el sistema de las 34 esferas concéntricas (homocéntricas), donde alrededor de la Tierra inmóvil y centro del universo, giran siete grupos de esferas (de dimensiones crecientes), y en cada grupo de esferas son ubicados los planetas y demás estrellas.[2]
Con la teoría geocéntrica de Aristóteles surge, sin embargo, un problema respecto al movimiento de los planetas. Este problema consistía en que los movimientos planetarios de Venus y Marte eran distintos a los movimientos de los otros planetas. Lo cual llevo a Heráclides Póntico a plantear que la Tierra gira alrededor del Sol para solucionar el movimiento diferente de Venus y Marte. Así pues, Heráclides Póntico es el primero en plantear la teoría heliocéntrica. Estos datos son recogidos y asimilados por Aristarco de Samos, quien realiza los primeros cálculos de las distancias de las estrellas. Aristarco de Samos a pesar que calcula la medida de la distancia de la Tierra hacia la Luna basándose en la teoría geocéntrica, tuvo que plantear la teoría heliocéntrica para explicar no sólo los movimientos de Venus y Marte, sino para explicar los diversos fenómenos estelares.
Teniendo como base las observaciones de Aristarco de Samos, Hiparco de Nicea realiza el primer catálogo de estrellas (aproximadamente de 1080 estrellas) y mejora la precisión en la medida de la distancia de la Tierra hacia la Luna. Sin embargo, Ptolomeo asimila el sistema geocéntrico de Aristóteles y los datos hasta ese momento recopilado para consolidar su particular teoría geocéntrica. Una teoría geocéntrica no tan enredada como el sistema de esferas concéntricas de Aristóteles, sino que mejore los cálculos anteriores. Como la base de esta teoría de Ptolomeo tenía a la Tierra en el centro del universo, además de ser una esfera perfecta e inmóvil, y el Sol, la Luna, los planetas y demás estrellas girando a su alrededor, no pudo explicar correcta y coherentemente los movimientos planetarios de Venus y Marte y otros fenómenos.
Ya en el medioevo con el triunfo del cristianismo la Iglesia Católica, de acuerdo con sus creencias acientíficas, adopto la teoría geocéntrica de Ptolomeo y la concepción teleológica de Aristóteles para explicar los fenómenos estelares. Esto sumando al misticismo, dogmatismo e intolerancia de la Iglesia Católica hizo de la ciencia una disciplina ciega de la realidad y repetidora del evangelio. Fueron varios siglos de oscurantismo y estancamiento del conocimiento científico. Recién a mediados del siglo XV surge el Humanismo y el Renacimiento como oposición a las posiciones acientíficas de la Iglesia Católica. Para lo cual el Humanismo y el Renacimiento retoman los avances científicos de la época antigua.
Con el redescubrimiento de los avances científicos de la astronomía antigua, a través del Humanismo y el Renacimiento, Nicolás Copérnico tuvo la base científica suficiente para iniciar la revolución científica de la concepción del universo, este gran cambio científico se inicia cuando Nicolás Copérnico plantea su singular teoría heliocéntrica. El punto de partida de Nicolás Copérnico fueron las explicaciones insuficientes y erradas de la teoría geocéntrica respecto al movimiento retrogrado de planetas como Venus y Marte. Para solucionar este problema Copérnico plantea que el Sol debe estar en el centro del universo, mientras la Tierra y los demás planetas giran alrededor del Sol. Donde la Tierra y los demás planetas describen un movimiento circular perfecto.
Con este movimiento circular perfecto y uniforme de la tierra Copérnico explica mejor el movimiento del Sol y el movimiento retrogrado de los planetas Venus y Marte. Pero todavía no de manera precisa y rigurosamente científica. Asimismo describe y explica los movimientos de rotación, traslación y la inclinación del eje de la Tierra. Es decir, cuando Copérnico hace girar la Tierra alrededor del Sol soluciona los problemas que la teoría geocéntrica no pudo resolver, porque la posición giratoria de la Tierra permite una mejor y amplio panorama para explicar los fenómenos estelares. Este cambio de posición del Sol y de la Tierra en el universo es el gran cambio significativo de Copérnico en la astronomía.[3] No sólo es un cambio significativo de la concepción del universo para la humanidad, sino representa el triunfo de la ciencia sobre las ideas dogmáticas y acientíficas de la Iglesia Católica.
Ahora bien todas observaciones científicas de Copérnico para comprobar su teoría heliocéntrica no tuvieron inicialmente el apoyo de la comunidad científica, porque el dogma y la irracionalidad de la Iglesia Católica se imponían como ley irrefutable en la comunidad científica. Por tanto, toda idea contraria al cristianismo era censurada, ridiculizada y perseguida. Por eso, Tycho Brahe representa la transición entre la teoría geocéntrica de Ptolomeo y la teoría heliocéntrica de Copérnico, porque ante el dominio del cristianismo trata de fusionar ambas teorías. Después de realizar un conjunto de precisas y completas observaciones de las trayectorias de los planetas, Tycho Brahe insiste en fusionar ambas teorías y plantea que el Sol y la Luna giran alrededor de la Tierra inmóvil, mientras que Marte, Mercurio, Venus, Júpiter y Saturno giran alrededor del Sol con la finalidad de salvar los movimientos retrógrados de Marte y Venus y otros fenómenos que la teoría geocéntrica no pudo explicar.
En su búsqueda para salvar la teoría geocéntrica Tycho Brahe hace un valioso aporte científico a la astronomía. Ya que realiza el más completo y preciso conjunto de observaciones respecto a las trayectorias de los planetas. Estas valiosas observaciones Tycho Brahe las guarda celosamente hasta el día de su muerte, en que pasan a manos de su ayudante Johannes Kepler. Con esta base científica Kepler deja de usar círculos perfectos y usa elipses para explicar satisfactoriamente los movimientos de los planetas.[4] Con el uso de orbitas elípticas para explicar el movimiento de los planetas Kepler postula las leyes del movimiento planetario. Estas leyes de Kepler afirman: primero, los planetas tienen movimientos elípticos alrededor del Sol. Segundo, en su recorrido elíptico barren áreas iguales en el mismo tiempo. Y tercero, el cubo de la distancia media de cada planeta al Sol es proporcional al cuadrado del tiempo que tarda en completar una orbita. Por tanto, Kepler concluye que el Sol ejerce una fuerza que disminuye de forma inversamente proporcional a la distancia e impulsa a los planetas alrededor de sus orbitas.[5] En otras palabras, las leyes de Kepler son la confirmación científica de la teoría heliocéntrica de Copérnico.
Galileo amigo y contemporáneo de Kepler continúa con este proceso. Ya que a pesar del significativo avance de Kepler, los peripatéticos y la Iglesia Católica consideraban a la teoría heliocéntrica como una simple hipótesis para “salvar las apariencias”. Ante esta dificultad Galileo busca verificar la teoría heliocéntrica experimentalmente. Porque la verificación experimental, según Galileo, es el método correcto para obtener conocimiento objetivo, verdadero y coherente con la naturaleza, es decir, conocimiento científico. Para Galileo la teoría heliocéntrica es correcta si y solo si explica hechos concretos de la naturaleza, ya que como buen seguidor de los principios físicos de Arquímedes, Galileo concibe al universo con un lenguaje matemático y físico propio. A saber, el universo solo podemos conocerlo a través del lenguaje matemático y físico. En palabras de Galileo:
“La filosofía está escrita en este grandísimo libro que continuamente está abierto ante nuestros ojos: el universo. Pero no puede entenderse si antes no se procura entender su lengua y conocer los caracteres en los cuales está escrito. Este libro está escrito en lengua matemática, y sus caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las cuales es totalmente imposible entender humanamente una palabra, y sin las cuales nos agitamos vanamente en un oscuro laberinto.”[6]
Esta singular concepción del universo lleva a Galileo a distinguir las características propias de los cuerpos de aquellas que pertenecen exclusivamente a nuestros órganos sensibles. Los sabores, olores, colores y sonidos son exclusivos de nuestros órganos sensibles y no podemos mezclarlas con las características inseparables de los cuerpos, como cantidad, figura, magnitud, número, etc., porque suprimiendo los órganos sensibles aquellas características subjetivas quedan eliminadas y anuladas. Por tanto, nuestro conocimiento no se puede limitar a la mera observación sino, además, a la verificación experimental y rigurosa de la matemática y la física, y así explicar hechos concretos. Con un método científico más preciso Galileo somete y confirma la veracidad de la teoría heliocéntrica de Copérnico.
De esta manera Newton tuvo como punto de partida la teoría heliocéntrica de Copérnico y las significativas observaciones científicas de Tycho Brahe, Kepler y Galileo para llegar por inducción a sus tres leyes del movimiento de los cuerpos y a su trascendental ley de la gravitación universal. Estas tres leyes de Newton afirman: primero, ley de la inercia: la masa hace perseverar a todo cuerpo en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo. Segundo, la ley de la interacción y la fuerza: el cambio de movimiento de un cuerpo es proporcional a la fuerza motriz impresa o dada. Y tercero, la ley de la acción y reacción: donde las fuerzas mutuas de dos cuerpos siempre son iguales y dirigidas en sentidos opuestos. Las cuales Newton después de constatarlas en la Tierra las lleva afuera, a nuestro universo, porque con la base científica de Kepler para explicar los movimientos planetarios a través de elipses, Newton adiciona estas tres leyes anteriores para concluir la ley de la gravitación universal. Es decir, esta ley de la gravitación universal es la aplicación de las tres leyes anteriores de Newton al universo, específicamente a nuestro sistema solar. Donde todo objeto que posea masa en el universo ejerce una atracción gravitatoria sobre cualquier otro objeto con masa, independientemente de la distancia que los separe. Por tanto, mientras más masa tengan los objetos mayor será la fuerza de atracción y, también, mientras más cerca se encuentren entre sí mayor será su fuerza de atracción.[7]
En otras palabras, las tres leyes del movimiento de los cuerpos de Newton y, especialmente, su ley de la gravitación universal son la comprobación más precisa y científica de la teoría heliocéntrica de Copérnico, porque la masa del Sol ejerce una fuerza de atracción mayor sobre los planetas (del sistema solar) haciéndolos girar a su alrededor a través de movimientos elípticos. Así pues Newton es la culminación de esta revolución científica iniciada por Copérnico para explicar rigurosa y científicamente nuestro universo. Asimismo, este proceso científico hace desembocar a Newton en la física clásica. Sus leyes no sólo confirmaron la teoría heliocéntrica, sino nos dio una mejor, estricta y científica concepción de nuestro mundo físico.
Finalmente, podemos concluir lo siguiente: primero, todo avance o descubrimiento científico implica un proceso científico, porque en la ciencia todo aporte científico es parte de un constante e inexorable desarrollo y, por tanto, nada surge aisladamente. Segundo, en todo proceso científico ningún avance científico surge de la nada ni espontáneamente. Porque en la ciencia todo descubrimiento científico tiene su origen o causa en la base de descubrimientos científicos anteriores. Es decir, los conocimientos científicos anteriores son la base para los próximos avances o descubrimientos científicos. Por último, todo proceso científico va de lo más simple hacia lo más complejo, cualquier descubrimiento, por insignificante que parezca, contribuye directa o indirectamente a ampliar el panorama de la reflexión y de la ciencia. Porque en la ciencia el conocimiento científico avanza a través de constantes superaciones, a saber, hay un constante progreso científico de lo simple hacia lo complejo. Desde, por ejemplo, las primeras y limitadas observaciones astrológicas de los caldeo-babilonios y egipcios hasta la ley de la gravitación universal de Isaac Newton.
Estas observaciones astrológicas fueron la base para las primeras observaciones astronómicas. En la época antigua los caldeo-babilonios y egipcios con sus observaciones astrológicas sentaron las bases para la astronomía. Las observaciones astrológicas de caldeo-babilonios y egipcios tuvieron como finalidad predecir acontecimientos para salvaguardar a sus imperios o estados. Sin embargo, como desarrollaron los primeros pasos de la ciencia matemática sus observaciones contribuyeron indirectamente a la astronomía. Es decir, fue un primer bosquejo limitado y mítico del universo.
De esta manera, cuando Thales de Mileto hace sus primeras observaciones astronómicas, lo hace asimilando, depurando y teniendo como base los avances en la ciencia matemática y las observaciones astrológicas de egipcios y caldeo-babilonios. Thales de Mileto llevo estos avances y observaciones al mundo griego y después de realizar sus primeras observaciones es que nace la astronomía. En Grecia es donde la astronomía comienza ha desarrollarse, con la precisión de la matemática y la reflexión rigurosa de la filosofía para interpretar las primeras observaciones y así se logran los primeros datos aproximados de los objetos y fenómenos estelares y, principalmente, las primeras concepciones del universo. Algunas muchísimo adelantadas para la época antigua.
Los filósofos y científicos griegos realizaron muchas observaciones adelantadas para su época, que sirvieron de base para el desarrollo científico de la astronomía. Así Pitágoras, teniendo como base los aportes de Thales de Mileto, llega a concluir a través de sus observaciones que la Tierra es una esfera perfecta. O aquel significativo aporte de Arquitas de Tarento respecto a la dimensión del universo. A este filósofo griego le preguntaron:
“-¿es el universo finito o infinito?
-supón que es finito, que tiene límite-respondió-. Entonces podrías caminar hasta el borde del universo con la espada en la mano. Si te detuvieras en el borde y la lanzaras hacia delante tanto como pudieras ¿qué sucedería?
No hay nada en el vacío que pueda desviar la espada, así que avanzaría hasta caer. Pero el lugar en que cayese estaría más allá del punto en el que dices que está el límite. Podrías andar hasta ese punto más allá y arrojar la espada de nuevo, caminando después hasta el nuevo punto en que cayera a tierra. No importa donde digas que está el borde, siempre hay un lugar más allá al que podrías arrojar la espada. Con cada lanzamiento tu universo se hace más grande. Concluimos, pues, que el universo ni puede tener un borde y debe ser, por tanto infinito.”[1]
Sin duda es un avance muy significativo para la época. Así Arquitas de Tarento demuestra lógicamente que nuestro universo es infinito e inmenso. Esto trae como consecuencia una importante interrogante: ¿cuál es el centro del universo? Para responder esta pregunta aparecen las primeras teorías geocéntricas. Aristóteles mejora el sistema geocéntrico propuesto por Eudoxio y modificado por su discípulo Calipo. Aristóteles como síntesis de las anteriores teorías geocéntricas plantea su particular sistema geocéntrico, llamado el sistema de las 34 esferas concéntricas (homocéntricas), donde alrededor de la Tierra inmóvil y centro del universo, giran siete grupos de esferas (de dimensiones crecientes), y en cada grupo de esferas son ubicados los planetas y demás estrellas.[2]
Con la teoría geocéntrica de Aristóteles surge, sin embargo, un problema respecto al movimiento de los planetas. Este problema consistía en que los movimientos planetarios de Venus y Marte eran distintos a los movimientos de los otros planetas. Lo cual llevo a Heráclides Póntico a plantear que la Tierra gira alrededor del Sol para solucionar el movimiento diferente de Venus y Marte. Así pues, Heráclides Póntico es el primero en plantear la teoría heliocéntrica. Estos datos son recogidos y asimilados por Aristarco de Samos, quien realiza los primeros cálculos de las distancias de las estrellas. Aristarco de Samos a pesar que calcula la medida de la distancia de la Tierra hacia la Luna basándose en la teoría geocéntrica, tuvo que plantear la teoría heliocéntrica para explicar no sólo los movimientos de Venus y Marte, sino para explicar los diversos fenómenos estelares.
Teniendo como base las observaciones de Aristarco de Samos, Hiparco de Nicea realiza el primer catálogo de estrellas (aproximadamente de 1080 estrellas) y mejora la precisión en la medida de la distancia de la Tierra hacia la Luna. Sin embargo, Ptolomeo asimila el sistema geocéntrico de Aristóteles y los datos hasta ese momento recopilado para consolidar su particular teoría geocéntrica. Una teoría geocéntrica no tan enredada como el sistema de esferas concéntricas de Aristóteles, sino que mejore los cálculos anteriores. Como la base de esta teoría de Ptolomeo tenía a la Tierra en el centro del universo, además de ser una esfera perfecta e inmóvil, y el Sol, la Luna, los planetas y demás estrellas girando a su alrededor, no pudo explicar correcta y coherentemente los movimientos planetarios de Venus y Marte y otros fenómenos.
Ya en el medioevo con el triunfo del cristianismo la Iglesia Católica, de acuerdo con sus creencias acientíficas, adopto la teoría geocéntrica de Ptolomeo y la concepción teleológica de Aristóteles para explicar los fenómenos estelares. Esto sumando al misticismo, dogmatismo e intolerancia de la Iglesia Católica hizo de la ciencia una disciplina ciega de la realidad y repetidora del evangelio. Fueron varios siglos de oscurantismo y estancamiento del conocimiento científico. Recién a mediados del siglo XV surge el Humanismo y el Renacimiento como oposición a las posiciones acientíficas de la Iglesia Católica. Para lo cual el Humanismo y el Renacimiento retoman los avances científicos de la época antigua.
Con el redescubrimiento de los avances científicos de la astronomía antigua, a través del Humanismo y el Renacimiento, Nicolás Copérnico tuvo la base científica suficiente para iniciar la revolución científica de la concepción del universo, este gran cambio científico se inicia cuando Nicolás Copérnico plantea su singular teoría heliocéntrica. El punto de partida de Nicolás Copérnico fueron las explicaciones insuficientes y erradas de la teoría geocéntrica respecto al movimiento retrogrado de planetas como Venus y Marte. Para solucionar este problema Copérnico plantea que el Sol debe estar en el centro del universo, mientras la Tierra y los demás planetas giran alrededor del Sol. Donde la Tierra y los demás planetas describen un movimiento circular perfecto.
Con este movimiento circular perfecto y uniforme de la tierra Copérnico explica mejor el movimiento del Sol y el movimiento retrogrado de los planetas Venus y Marte. Pero todavía no de manera precisa y rigurosamente científica. Asimismo describe y explica los movimientos de rotación, traslación y la inclinación del eje de la Tierra. Es decir, cuando Copérnico hace girar la Tierra alrededor del Sol soluciona los problemas que la teoría geocéntrica no pudo resolver, porque la posición giratoria de la Tierra permite una mejor y amplio panorama para explicar los fenómenos estelares. Este cambio de posición del Sol y de la Tierra en el universo es el gran cambio significativo de Copérnico en la astronomía.[3] No sólo es un cambio significativo de la concepción del universo para la humanidad, sino representa el triunfo de la ciencia sobre las ideas dogmáticas y acientíficas de la Iglesia Católica.
Ahora bien todas observaciones científicas de Copérnico para comprobar su teoría heliocéntrica no tuvieron inicialmente el apoyo de la comunidad científica, porque el dogma y la irracionalidad de la Iglesia Católica se imponían como ley irrefutable en la comunidad científica. Por tanto, toda idea contraria al cristianismo era censurada, ridiculizada y perseguida. Por eso, Tycho Brahe representa la transición entre la teoría geocéntrica de Ptolomeo y la teoría heliocéntrica de Copérnico, porque ante el dominio del cristianismo trata de fusionar ambas teorías. Después de realizar un conjunto de precisas y completas observaciones de las trayectorias de los planetas, Tycho Brahe insiste en fusionar ambas teorías y plantea que el Sol y la Luna giran alrededor de la Tierra inmóvil, mientras que Marte, Mercurio, Venus, Júpiter y Saturno giran alrededor del Sol con la finalidad de salvar los movimientos retrógrados de Marte y Venus y otros fenómenos que la teoría geocéntrica no pudo explicar.
En su búsqueda para salvar la teoría geocéntrica Tycho Brahe hace un valioso aporte científico a la astronomía. Ya que realiza el más completo y preciso conjunto de observaciones respecto a las trayectorias de los planetas. Estas valiosas observaciones Tycho Brahe las guarda celosamente hasta el día de su muerte, en que pasan a manos de su ayudante Johannes Kepler. Con esta base científica Kepler deja de usar círculos perfectos y usa elipses para explicar satisfactoriamente los movimientos de los planetas.[4] Con el uso de orbitas elípticas para explicar el movimiento de los planetas Kepler postula las leyes del movimiento planetario. Estas leyes de Kepler afirman: primero, los planetas tienen movimientos elípticos alrededor del Sol. Segundo, en su recorrido elíptico barren áreas iguales en el mismo tiempo. Y tercero, el cubo de la distancia media de cada planeta al Sol es proporcional al cuadrado del tiempo que tarda en completar una orbita. Por tanto, Kepler concluye que el Sol ejerce una fuerza que disminuye de forma inversamente proporcional a la distancia e impulsa a los planetas alrededor de sus orbitas.[5] En otras palabras, las leyes de Kepler son la confirmación científica de la teoría heliocéntrica de Copérnico.
Galileo amigo y contemporáneo de Kepler continúa con este proceso. Ya que a pesar del significativo avance de Kepler, los peripatéticos y la Iglesia Católica consideraban a la teoría heliocéntrica como una simple hipótesis para “salvar las apariencias”. Ante esta dificultad Galileo busca verificar la teoría heliocéntrica experimentalmente. Porque la verificación experimental, según Galileo, es el método correcto para obtener conocimiento objetivo, verdadero y coherente con la naturaleza, es decir, conocimiento científico. Para Galileo la teoría heliocéntrica es correcta si y solo si explica hechos concretos de la naturaleza, ya que como buen seguidor de los principios físicos de Arquímedes, Galileo concibe al universo con un lenguaje matemático y físico propio. A saber, el universo solo podemos conocerlo a través del lenguaje matemático y físico. En palabras de Galileo:
“La filosofía está escrita en este grandísimo libro que continuamente está abierto ante nuestros ojos: el universo. Pero no puede entenderse si antes no se procura entender su lengua y conocer los caracteres en los cuales está escrito. Este libro está escrito en lengua matemática, y sus caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las cuales es totalmente imposible entender humanamente una palabra, y sin las cuales nos agitamos vanamente en un oscuro laberinto.”[6]
Esta singular concepción del universo lleva a Galileo a distinguir las características propias de los cuerpos de aquellas que pertenecen exclusivamente a nuestros órganos sensibles. Los sabores, olores, colores y sonidos son exclusivos de nuestros órganos sensibles y no podemos mezclarlas con las características inseparables de los cuerpos, como cantidad, figura, magnitud, número, etc., porque suprimiendo los órganos sensibles aquellas características subjetivas quedan eliminadas y anuladas. Por tanto, nuestro conocimiento no se puede limitar a la mera observación sino, además, a la verificación experimental y rigurosa de la matemática y la física, y así explicar hechos concretos. Con un método científico más preciso Galileo somete y confirma la veracidad de la teoría heliocéntrica de Copérnico.
De esta manera Newton tuvo como punto de partida la teoría heliocéntrica de Copérnico y las significativas observaciones científicas de Tycho Brahe, Kepler y Galileo para llegar por inducción a sus tres leyes del movimiento de los cuerpos y a su trascendental ley de la gravitación universal. Estas tres leyes de Newton afirman: primero, ley de la inercia: la masa hace perseverar a todo cuerpo en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo. Segundo, la ley de la interacción y la fuerza: el cambio de movimiento de un cuerpo es proporcional a la fuerza motriz impresa o dada. Y tercero, la ley de la acción y reacción: donde las fuerzas mutuas de dos cuerpos siempre son iguales y dirigidas en sentidos opuestos. Las cuales Newton después de constatarlas en la Tierra las lleva afuera, a nuestro universo, porque con la base científica de Kepler para explicar los movimientos planetarios a través de elipses, Newton adiciona estas tres leyes anteriores para concluir la ley de la gravitación universal. Es decir, esta ley de la gravitación universal es la aplicación de las tres leyes anteriores de Newton al universo, específicamente a nuestro sistema solar. Donde todo objeto que posea masa en el universo ejerce una atracción gravitatoria sobre cualquier otro objeto con masa, independientemente de la distancia que los separe. Por tanto, mientras más masa tengan los objetos mayor será la fuerza de atracción y, también, mientras más cerca se encuentren entre sí mayor será su fuerza de atracción.[7]
En otras palabras, las tres leyes del movimiento de los cuerpos de Newton y, especialmente, su ley de la gravitación universal son la comprobación más precisa y científica de la teoría heliocéntrica de Copérnico, porque la masa del Sol ejerce una fuerza de atracción mayor sobre los planetas (del sistema solar) haciéndolos girar a su alrededor a través de movimientos elípticos. Así pues Newton es la culminación de esta revolución científica iniciada por Copérnico para explicar rigurosa y científicamente nuestro universo. Asimismo, este proceso científico hace desembocar a Newton en la física clásica. Sus leyes no sólo confirmaron la teoría heliocéntrica, sino nos dio una mejor, estricta y científica concepción de nuestro mundo físico.
Finalmente, podemos concluir lo siguiente: primero, todo avance o descubrimiento científico implica un proceso científico, porque en la ciencia todo aporte científico es parte de un constante e inexorable desarrollo y, por tanto, nada surge aisladamente. Segundo, en todo proceso científico ningún avance científico surge de la nada ni espontáneamente. Porque en la ciencia todo descubrimiento científico tiene su origen o causa en la base de descubrimientos científicos anteriores. Es decir, los conocimientos científicos anteriores son la base para los próximos avances o descubrimientos científicos. Por último, todo proceso científico va de lo más simple hacia lo más complejo, cualquier descubrimiento, por insignificante que parezca, contribuye directa o indirectamente a ampliar el panorama de la reflexión y de la ciencia. Porque en la ciencia el conocimiento científico avanza a través de constantes superaciones, a saber, hay un constante progreso científico de lo simple hacia lo complejo. Desde, por ejemplo, las primeras y limitadas observaciones astrológicas de los caldeo-babilonios y egipcios hasta la ley de la gravitación universal de Isaac Newton.
Por Luis Carrera Honores
[1] Trefil, James (1990) La cara oculta del universo, un científico explora los misterios del cosmos (prólogo) Barcelona, Editorial Planeta S.A. 218págs.
[2] Cf. Reale, Giovanni (1988) Historia del pensamiento filosófico y científico (T1: Antigüedad y edad media) Barcelona, Herder.
[3] Cf. Miró Quesada, Oscar (1950) Copérnico: su vida y su obra Lima, Imp. Santa María
[4] Ibid.
[5] Cf. Reale, Giovanni (1988) Historia del pensamiento filosófico y científico (T2: Del Humanismo a Kant) Barcelona, Herder.
[6] Galileo (1864) Il saggiatore Florencia, G.Barbera Editore, 59-60 págs. (Traducción de José Babini)
[7] Cf. Newton, Isaac (2002) Principios matemáticos de la filosofía natural Madrid, Alianza Editorial.
[1] Trefil, James (1990) La cara oculta del universo, un científico explora los misterios del cosmos (prólogo) Barcelona, Editorial Planeta S.A. 218págs.
[2] Cf. Reale, Giovanni (1988) Historia del pensamiento filosófico y científico (T1: Antigüedad y edad media) Barcelona, Herder.
[3] Cf. Miró Quesada, Oscar (1950) Copérnico: su vida y su obra Lima, Imp. Santa María
[4] Ibid.
[5] Cf. Reale, Giovanni (1988) Historia del pensamiento filosófico y científico (T2: Del Humanismo a Kant) Barcelona, Herder.
[6] Galileo (1864) Il saggiatore Florencia, G.Barbera Editore, 59-60 págs. (Traducción de José Babini)
[7] Cf. Newton, Isaac (2002) Principios matemáticos de la filosofía natural Madrid, Alianza Editorial.



